¿Por qué existe la tendencia de volcar la Violencia hacia el más Débil?

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Vivimos en un mundo donde la violencia no solo se ejerce: se organiza, se legitima y se oculta bajo ropajes legales, burocráticos o culturales. Pero si afinamos la mirada, pronto descubrimos una constante perturbadora, la violencia suele caer —casi naturalmente— sobre los cuerpos más vulnerables, sobre las voces menos escuchadas, sobre quienes no tienen defensa ni palco desde donde responder.

Esta sección no pretende justificar esa tendencia. Tampoco se conforma con denunciarla. Busca interrogarla.

Desde las calles hasta las instituciones, desde la infancia hasta la cárcel, desde los márgenes sociales hasta el discurso político, los artículos aquí reunidos desmenuzan las formas contemporáneas en que el poder se desborda, se encubre y elige como blanco al más débil. Pero también dejan abierta una pregunta aún más radical: ¿qué clase de humanidad construimos cuando naturalizamos que la fuerza siempre apunte hacia abajo?

Este espacio es una invitación a pensar la violencia sin eufemismos. A ponerle rostro, contexto, historia y lenguaje. A desafiar la comodidad de las mayorías y las narrativas que la sostienen. Porque, en el fondo, preguntarse por la violencia es también preguntarse por la justicia, por el miedo, por la dignidad… y por nosotros mismos.


Sobre la violencia (I): La mirada de Theodor W. Adorno


¿Por qué existe la tendencia de volcar la violencia hacia el más débil?

La violencia, es un dilema que recorre el tapiz de la humanidad desde tiempos inmemoriales. Pero, cuando se encauza hacia aquellos que la sociedad juzga como los más vulnerables, se torna aún más perturbador. ¿Qué será que incita a los individuos a depositar su ira en quienes parecieran carecer de medios para replicar? Es un misterio profundo, podríamos decir incluso, que es un reflejo de nuestra condición humana, un vórtice que, nos atrae hacia un abismo de cuestionamientos sin aparentes respuestas. Y, ¿qué nos dice esto sobre quienes dedicamos y dedican sus vidas a la noble labor de la enseñanza? ¿Por qué es tan vital enfrentar esta interrogante?

En una opinión apresurada, podríamos decir intuitivamente que quizás sea la fragilidad percibida de estos seres, el detonante de tan triste violencia. En su vulnerabilidad, algunos hallan la triste oportunidad de afirmarse, de sentirse en el control, o de buscar redimir sus propias inseguridades. Es, en definitiva, un oscuro reflejo de nuestra esencia, ese lugar donde la empatía y la compasión, tantas veces, ceden terreno al egoísmo y la crueldad. Asimismo, cabe considerar que la violencia dirigida hacia los más desprotegidos puede ser un fruto de las estructuras sociales y culturales que perpetúan la desigualdad. La marginación, la discriminación y la ausencia de oportunidades se erigen como detonantes para la agresión dirigida a quienes menos recursos poseen. En ocasiones, es la propia sociedad, sin quererlo, la que alimenta estos impulsos destructivos, en una espiral que demanda una mirada crítica y profunda reflexión.

El desentrañar los motivos tras la violencia dirigida hacia los más frágiles es un sendero de complejidades, una suerte de crisol donde confluyen los hilos de lo psicológico, lo sociológico y lo cultural. Sin embargo, al poner en cuestión este enigma, podemos dar los primeros pasos hacia la búsqueda de soluciones que aboguen por la igualdad, la compasión y la solidaridad, ejerciendo la tarea de la aspiración del destierro de la violencia desde el aula. 

Mediante la constante reflexión crítica y la aspiración de una transformación consciente, quizás, a medida que el reloj avanza, podamos aspirar a un mundo donde la vulnerabilidad no sea víctima de la violencia, sino un eco que genere solidaridad y un escudo protector que resguarde a aquellos que más lo requieren. Es nuestro papel histórico dirigirnos hacia una comprensión más profunda de las raíces de la violencia, promoviendo la solidaridad dentro y fuera de cada espacio, en especial en las aulas. Esto sienta las bases para un mundo en el que la vulnerabilidad no sea una invitación a la violencia, sino una llamada a la construcción de un futuro más justo y compasivo.

“La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación. Hasta tal punto precede a cualquier otra que no creo deber ni poder fundamentarla”. 

Theodor W. Adorno fue un filósofo y sociólogo alemán asociado a la Escuela de Frankfurt. Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, realizó investigaciones sobre la autoridad y la personalidad autoritaria en la sociedad. Adorno examinó críticamente las condiciones que llevaron al surgimiento del nazismo y la barbarie en la Alemania nazi, su trabajo se centró en la comprensión de las tendencias y condiciones sociales que permitieron el surgimiento del totalitarismo.

En su obra “La educación después de Auschwitz” (1966), nos dice que la violencia hacia los más vulnerables brota de la deshumanización y la escasez de empatía. Su voz se alza para proclamar que la educación debe orientarse hacia la forja de individuos con cimientos morales y éticos, sembrando la semilla de la solidaridad y el respeto hacia los semejantes. Sin ese faro educativo, en un sentido poético, los corazones pueden naufragar en la indiferencia y la crueldad, especialmente hacia aquellos que se perciben como diferentes o inferiores.

En sus palabras, Adorno nos invita a reflexionar sobre los horrores del pasado, como el Holocausto, a fin de evitar repetir los mismos trágicos errores y erigir una sociedad más justa y apacible. La educación, después de Auschwitz, se transforma en un acto de recordar y aprender de la historia, para no perpetuar el dolor y la violencia contra los más frágiles. El autor desafía la noción de que la educación puede ser neutral y apolítica, sosteniendo que debe ser crítica y nutrir la conciencia social. Es a través de una educación que cultiva la empatía y el respeto hacia los demás que podemos contrarrestar la peligrosa inclinación a dirigir la violencia hacia aquellos que menos pueden defenderse.

Tomando como punto de partida la pregunta inicial, Adorno afirma que “Un esquema confirmado por la historia de todas las persecuciones es que la ira se dirige contra los débiles ante todo contra aquellos a quienes se percibe como socialmente débiles y al mismo tiempo -con razón o sin ella- como felices”. La declaración de Adorno nos coloca ante un panorama sombrío pero imperante. Nos habla de cómo, a lo largo de la crónica de la humanidad, la ira y la violencia con frecuencia se concentran en aquellos que la sociedad considera como socialmente débiles, y, en ocasiones, se les percibe, con o sin justificación, como afortunados o favorecidos de alguna manera.

Esta noción pone de relieve cómo las complejas dinámicas de poder y la hostilidad pueden ser dirigidas hacia aquellos que se encuentran en situación de vulnerabilidad o marginación en nuestra sociedad. La idea de que estos individuos son “felices” o “gozan” de ventajas puede desencadenar sentimientos de envidia y rabia en otros, y, lamentablemente, esto puede culminar en actos de violencia.

Más adelante señala que “Desde el punto de vista sociológico me atrevería a agregar que nuestra sociedad, al tiempo que se integra cada vez más, incuba tendencias a la disociación”. La afirmación de Adorno nos introduce en un dilema aparentemente paradójico que capta en la sociedad moderna. Por un lado, se observa un crecimiento de la integración en términos de comunicación, tecnología y economía. Pareciera que vivimos en un mundo más conectado que nunca, lo que podría hacernos creer que la cohesión social se fortalece.

Sin embargo, Adorno no se deja atrapar por esta apariencia. Sostiene que, bajo la superficie de esta integración, se esconden fuerzas que promueven la disociación y la fragmentación en la sociedad. A pesar de la supuesta unidad en ciertos aspectos, existen divisiones y conflictos latentes en otros. Estas “tendencias a la disociación” nos hablan de la fragmentación de la sociedad en términos de desigualdad, exclusión, diferencias culturales y sociales, conflictos políticos y económicos, entre otros factores.

Lo que Adorno nos quiere transmitir es que, en la sociedad moderna, la integración y la disociación coexisten de manera compleja. Las divisiones pueden estar ocultas a simple vista o enmascaradas por una apariencia de unidad. Este análisis más profundo nos revela que la sociedad es multifacética y que la impresión de cohesión puede ser engañosa. La realidad subyacente es mucho más compleja de lo que parece a simple vista.

Volviendo momentáneamente al inicio, nos encontramos en un punto de inflexión en el que se nos plantea una pregunta fundamental: ¿cómo podemos evitar que se repita Auschwitz? Esta pregunta, que trasciende el contexto y se adentra en lo más profundo del significado, nos conduce a una reflexión profunda sobre el propósito de la educación.

En su esencia, el fin educativo no debería limitarse a la mera transmisión de conocimientos, sino que debe ser como se señaló anteriormente, un faro que nos guíe hacia un futuro donde la barbarie y la injusticia no se repitan. 

Para lograr esto, debemos ser conscientes de que las condiciones objetivas y subjetivas que llevaron a Auschwitz están presentes en nuestra sociedad actual. Aquí es donde la autocrítica reflexiva se convierte en una herramienta poderosa, ya que nos permite identificar y comprender las conductas que podrían dar lugar a tragedias similares.

Este proceso de reconocer y confrontar lo que Adorno llamó “conducta cosificada” nos invita a despojar a las personas de su humanidad, a reducirlas a meros objetos o cifras en un sistema. Es el primer paso hacia la deshumanización que allanó el camino a Auschwitz. La reflexión crítica y la acción consciente pueden contrarrestar este proceso insidioso y preservar la humanidad en cada uno de nosotros.

Este concepto, el de conducta cosificada, nos sumerge en una reflexión sobre la sociedad de nuestros días, donde a menudo vemos cómo la conciencia se vuelve complaciente, pasiva y superficial, moldeada por las estructuras sociales y las corrientes culturales imperantes. La “conciencia cosificada” nos presenta un panorama en el que las normas, los valores y las formas de vida establecidas son aceptados de manera acrítica, es decir, que no hay un cuestionamiento ni una postura crítica. En este escenario, las personas se ven influenciadas y esculpidas por la cultura de masas, la omnipresente publicidad y la industria del entretenimiento, lo que las lleva a abrazar una visión de mundo uniforme y atada a lo convencional.

Adorno, nos advierte que esta conciencia es un reflejo del conformismo y la alienación que caracterizan a la sociedad moderna. En este contexto, la capacidad de pensar de manera crítica, de reflexionar sobre nuestra propia existencia y de cuestionar las normas preestablecidas se desdibuja. En lugar de desarrollar una conciencia auténtica y una ética personal, abrazamos un conjunto de valores y creencias que nos son impuestos desde el exterior.

En este sentido, esta “conciencia coagulada” se convierte en un obstáculo para la emancipación individual y social, ya que nos impide cuestionar las injusticias y desafiar las estructuras de poder. Nos sumerge en una forma de vida alienante en la que nos distanciamos de nuestra propia humanidad, convirtiéndonos en meros consumidores pasivos, en detrimento de seres humanos reflexivos y críticos.

Sin embargo, no podemos pasar por alto el hecho de que esta tarea, la de evitar que el horror se repita, trasciende lo individual; se teje en una compleja red de dimensiones morales, políticas e históricas. La dimensión moral nos recuerda la importancia de valores como la solidaridad, la justicia y la compasión en la formación de una sociedad más humana. La dimensión política nos impulsa a actuar colectivamente para cambiar estructuras y sistemas que perpetúan la desigualdad y la violencia. Y la dimensión histórica nos conecta con el pasado, recordándonos que la memoria de las atrocidades pasadas debe ser una guía constante hacia un futuro más luminoso.

En este punto de reflexión, en el que somos desafiados a asumir la responsabilidad de forjar un mundo en el que Auschwitz no tenga cabida en nuestra historia, no podemos dejar de lado al individuo situado en una sociedad determinada, en una cultura determinada, profundizando necesariamente o complementando lo anteriormente señalado desde la mirada del psicoanálisis en esta pretensión de comprender la violencia: para ello acudiremos a Freud en la próxima entrega…

Diario El Día - 02/12/2023

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Sobre la violencia (II): El aporte de Sigmund Freud


Sigmund Freud fue un neurólogo y psicoanalista austriaco, nacido en 1856 y fallecido en 1939. Es considerado el fundador del psicoanálisis, una corriente importante en la psicología y la psiquiatría. Freud desarrolló teorías revolucionarias sobre la mente humana, como la importancia del inconsciente, la teoría de los sueños y el complejo de Edipo. Su trabajo influyó en la comprensión de la sexualidad, la personalidad y los trastornos psicológicos. A lo largo de su vida, Freud hizo contribuciones significativas al campo de la psicología y dejó un legado duradero en la comprensión de la psicología humana.

En su obra “El malestar en la cultura” (1930) Freud sugiere que la violencia hacia los más débiles puede ser una manifestación de la pulsión de muerte, una fuerza interna que busca la destrucción. Además, plantea que la cultura y la civilización imponen restricciones y normas a los seres humanos, generando tensiones y conflictos que pueden desencadenar actos violentos. La violencia hacia los más débiles puede ser una forma de escape o de desplazamiento de estas tensiones. Pero ¿qué quiere decir esto? Sigmund Freud plantea una perspectiva sobre la violencia hacia los más débiles, sugiriendo que puede ser una manifestación de la pulsión de muerte. Según lo indica Freud, esta pulsión de muerte es una fuerza interna que busca la destrucción y coexiste con la pulsión de vida. Al explorar esta idea, Freud nos lleva a reflexionar sobre las motivaciones detrás de la violencia y cómo se manifiesta en diferentes contextos.

Argumenta que la violencia hacia los más débiles puede ser considerada como una forma de canalizar la pulsión de muerte. Esta pulsión, que se encuentra arraigada en lo más profundo del inconsciente, representa un impulso destructivo que puede manifestarse a través de diferentes comportamientos violentos. La violencia hacia los más vulnerables se convierte así en una expresión de esta pulsión, una forma de satisfacer la necesidad de destrucción que existe en cada individuo.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que la pulsión de muerte no actúa de manera aislada. Freud también señala que la cultura y la civilización imponen restricciones y normas a los seres humanos. Estas restricciones, aunque necesarias para mantener la estabilidad social, generan tensiones y conflictos en los individuos. Las normas y reglas sociales pueden limitar la expresión de deseos y necesidades, lo que puede resultar en una acumulación de frustración y resentimiento. Esta frustración acumulada puede desencadenar actos violentos, incluyendo la violencia hacia los más débiles. La violencia se convierte así en una forma de escape o de desplazamiento de estas tensiones y conflictos internos. Al dirigir la agresión hacia los más vulnerables, los individuos pueden liberar parte de la tensión que sienten y encontrar cierto alivio temporal.

En la película “El imperio de los sentidos” (1976) dirigida por Nagisa Oshima, podemos identificar algunos de los conceptos anteriormente señalados a propósito de la violencia. En esta obra cinematográfica, nos sumergimos en una trama que relata una pasión desenfrenada y una obsesión sexual que desembocan en una violencia extrema. Los protagonistas, cautivos de una relación erótica, se ven arrastrados hacia actos de violencia que culminan en la autodestrucción. Este relato nos brinda una vívida representación de cómo la pulsión de muerte, en clave freudiana, puede manifestarse en el contexto de una relación obsesiva y apasionada.


La película nos conduce a reflexionar sobre la intrincada relación entre los deseos humanos y la pulsión de muerte, y cómo esta combinación puede conducir a actos de violencia, en este caso, una violencia que se mezcla pasión y obsesión. Además, la obra arroja luz sobre el impacto de la cultura y las normas sociales en la represión, en este caso, de los deseos sexuales. Esta represión, a su vez, puede dar lugar a una explosión de pulsiones reprimidas, creando un escenario donde los extremos se encuentran y colisionan de manera intensa. Nos plantea en definitiva, cuestiones incómodas sobre la psicología humana y la manera en que los deseos, la pulsión de muerte y las restricciones sociales convergen de forma peligrosa.

Retomando el enfoque de Adorno, es esencial considerar el contexto cultural y su profunda influencia en la psicología de los individuos. En este sentido, la noción de “conciencia cosificada” se vuelve un concepto fundamental. La conciencia cosificada implica una forma de percepción en la que los individuos pasan por alto la importancia de la historicidad y, en consecuencia, ignoran o incluso niegan la estrecha relación entre esta historicidad y su estilo de vida adoptado. Esta omisión crucial puede limitarnos de manera significativa en nuestra búsqueda de respuestas con respecto al desafío que enfrentamos.

La conciencia cosificada, en esencia, lleva a una especie de alienación de la historia y de nuestras propias acciones. Al desconectar el presente de su raíz histórica y negar la interconexión entre nuestras decisiones y el curso de la historia, nos privamos de una comprensión completa de cómo hemos llegado a ser quienes somos y cómo nuestras acciones impactan en el mundo que nos rodea. Esta desconexión también nos impide abordar adecuadamente la pregunta que se nos plantea.

Cuando ignoramos la relación intrínseca entre nuestra historia personal y el contexto cultural en el que vivimos, nos encontramos en desventaja para afrontar los desafíos éticos y morales que se nos presentan. La comprensión de cómo nuestras acciones individuales se entrelazan con la historia y la cultura nos permite tomar decisiones más informadas y éticas, nos vuelve individuos críticos dentro de la sociedad.

En la película “El huevo de la serpiente” (1977), dirigida por Ingmar Bergman podemos ejemplificar de cierta forma lo anteriormente señalado. En esta obra somos transportados al turbulento escenario de la Alemania de Weimar en la década de 1920, un periodo de convulsión cultural y política que precedió al aterrador ascenso de Adolf Hitler al poder. En el corazón de la trama, dos personajes principales, un ventrílocuo y su asistente, luchan por sobrevivir en un ambiente saturado de decadencia y desesperación.



La película, en su esencia, nos presenta un retrato sombrío de la alienación y la deshumanización en un momento histórico particularmente crítico. Retomando en este contexto el conceptos de conciencia cosificada que nos habla de una percepción en la que las personas desconectan sus acciones y elecciones del contexto histórico y cultural que las rodea, en la película, los personajes inmersos en un entorno hostil y deprimente, a menudo parecen alienados de la historia que les envuelve. No son completamente conscientes de cómo sus acciones pueden estar influenciadas por la sociedad que se desmorona y la amenaza inminente del nazismo. 

Esta desconexión entre la historia y la cultura puede entenderse como una forma de alienación que atrapa a los personajes en un ciclo autodestructivo y de desesperación. Su incapacidad para abordar de manera adecuada los desafíos éticos y morales se deriva de la falta de conciencia de cómo sus decisiones individuales se entrelazan con la historia y la cultura de su tiempo. En la película se advierte esa conciencia en una frase de esta: “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”. 

La comparación del futuro con un huevo de serpiente puede sugerir que el destino o los eventos futuros están latentes, esperando a desarrollarse, al igual que una serpiente que ya está formada dentro del huevo. La “fina membrana” puede interpretarse como la delgada barrera que separa el presente del futuro, una barrera que, cuando se percibe de manera más objetiva, puede llevar a una mayor conciencia de lo inevitable y, por ende, a una conciencia cosificada, lo que podría expresar la idea de que las personas, en ciertos momentos, pueden tener una visión más clara y objetiva de su futuro, como si estuvieran observando un proceso natural e inevitable que está a punto de desarrollarse (la violencia). Esta percepción podría llevar a una sensación de inevitabilidad y distancia emocional, contribuyendo así a la experiencia de conciencia cosificada, con una conexión entre la decadencia de la sociedad y la violencia, reflejando las tensiones entre los instintos individuales y las restricciones culturales, conceptos que Freud abordó en “El malestar en la cultura”.     

Diario El Día - 09/12/2023

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Sobre la violencia (III): El aporte de Primo Levi


En este periplo que iniciamos hace algunas semanas, nos hallamos a la deriva, flotando en las aguas tumultuosas de la incertidumbre que envuelve a la violencia. Nos sumergimos en las profundidades de su existencia, indagando en el porqué de su arraigo, un arraigo que parece encontrar su morada, sin apenas excepción, en los más vulnerables de entre nosotros. Este viaje introspectivo nos llevó a contemplar, desde la dolorosa perspectiva de Auschwitz, la urgente necesidad de evitar que tales horrores se reproduzcan, una urgencia que abrazamos a través de la mirada filosófica penetrante de Adorno.

Después, como buceadores en las aguas turbias del psicoanálisis de Freud, trazamos un marco conceptual para comprender las subjetividades que nos atraviesan en el laberinto de una cultura que, con frecuencia, nos reprime. Esta represión, a su vez, genera un malestar interno, una tormenta emocional que, en ocasiones, se manifiesta en la forma de violencia objetiva. Nos sumergimos en las profundidades de nuestra psique colectiva, explorando cómo las cadenas invisibles del inconsciente influyen en nuestra interacción con el mundo que nos rodea.

En las entregas previas, nos sumergíamos en la complejidad del contexto histórico, sugiriendo una suerte de carencia de responsabilidad individual en medio de las turbulentas corrientes del tiempo. Para enriquecer y profundizar aún más nuestro análisis, resulta esencial adentrarnos en el sugerente concepto del hombre gris propuesto por Primo Levi.

Levi fue un escritor y químico italiano de origen judío, nacido el 31 de julio de 1919 en Turín, Italia, y fallecido el 11 de abril de 1987 en la misma ciudad. Es ampliamente reconocido por su testimonio y literatura relacionados con el Holocausto y su experiencia como prisionero en el campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial.

Su vida dio un giro dramático cuando, en 1943, fue arrestado por su participación en la resistencia antifascista. Fue deportado a Auschwitz en 1944, donde pasó un año en condiciones extremadamente precarias y peligrosas. A pesar de todo, sobrevivió y fue liberado en 1945. Después de la guerra, Primo Levi regresó a Turín y retomó su carrera como químico. Sin embargo, su experiencia en Auschwitz lo llevó a escribir de manera extensa sobre el Holocausto y sus reflexiones sobre la condición humana. En su obra “Los hundidos y los salvados” (1986) presenta una reflexión a propósito de la naturaleza de la crueldad humana y la moralidad de los individuos en los campos de concentración desde una mirada profunda a las dinámicas sociales y psicológicas en dicho entorno.

Levi, como sobreviviente del Holocausto, utiliza el término “hombre gris” para referirse a aquellos prisioneros de los campos de concentración que se adaptaron a la vida en el campo y participaron en la opresión de sus compañeros. Estos hombres, en apariencia insignificantes y débiles, se convirtieron en instrumentos de violencia y opresión. El “hombre gris”, según la perspectiva del autor, no es un ser completamente ajeno a la ética o desprovisto de responsabilidad, sino más bien un individuo que se mueve en la penumbra moral, adaptándose a las circunstancias extremas de su entorno. Este concepto emerge de la experiencia única de Levi en Auschwitz, donde la supervivencia implicaba, en muchos casos, ceder a la brutalidad circundante y adoptar una posición de aparente conformidad para evitar la atención no deseada.

En el tejido de la narrativa de Levi, el “hombre gris” representa la adaptación pragmática a un entorno deshumanizado, donde las decisiones morales son sometidas a una presión insoportable. Este término encapsula la ambigüedad moral y las difíciles elecciones que algunos individuos enfrentaron en condiciones extremas. No es una exención de la responsabilidad, sino una exploración de los límites éticos en situaciones límite, donde las nociones convencionales de bien y mal se desdibujan.

Al incorporar el concepto del “hombre gris” a nuestro análisis a propósito de la violencia, ampliamos la perspectiva sobre la responsabilidad individual en contextos históricos adversos. Ahora, nos enfrentamos a la complejidad de las decisiones tomadas en medio de la adversidad extrema, reconociendo que, incluso en las sombras más oscuras de la historia, persisten matices éticos que desafían nuestras concepciones convencionales de la responsabilidad. Este enfoque nos invita a examinar más a fondo la complejidad humana en tiempos de crisis, sin simplificaciones excesivas ni juicios apresurados.

En el prisma de la percepción de Levi, una posible explicación del porqué la violencia se cierne sobre los más vulnerables radica en la dinámica de poder. Quienes ostentan posiciones privilegiadas, ya sea por su fuerza física, estatus social o autoridad, a menudo buscan mantener ese poder a expensas de los más débiles. La violencia se erige como una herramienta para ejercer control y subyugar a aquellos considerados inferiores.

Además, la violencia hacia los más frágiles puede ser una consecuencia directa de la deshumanización. Cuando se reduce a una persona a una condición menos que humana, se legitima tratarla de forma violenta. Esta deshumanización se manifiesta en situaciones de conflicto, donde se genera una mentalidad de “nosotros” contra “ellos”, negando la humanidad de aquellos percibidos como diferentes o inferiores. Este proceso de despojar a otros de su humanidad es el preludio de actos de violencia atroces.

En la sociedad actual, encontramos ejemplos de hombres grises en diferentes ámbitos. Por ejemplo, en el ámbito laboral podemos observar a personas que, por temor a perder su empleo o a ser excluidas del grupo, se someten a prácticas injustas o inmorales. Estas personas pueden participar en la opresión de sus compañeros o en la toma de decisiones que perjudican a otros, sin cuestionar ni resistirse a estas acciones.

La falta de responsabilidad individual en el ámbito laboral puede estar relacionada con varios factores. Uno de ellos es la presión social y la conformidad. En ocasiones, las normas y valores establecidos en un entorno laboral pueden fomentar la violencia o la opresión hacia los más débiles. Si la violencia es aceptada y justificada por la sociedad en general, aquellos que son considerados débiles pueden convertirse en blancos fáciles para la agresión.

Siguiendo con la ejemplificación, en el ámbito político, uno de los ejemplos más evidentes es cuando los líderes políticos utilizan su autoridad y poder para mantenerse en el cargo, incluso si eso implica someter a los más débiles. Estos líderes pueden justificar sus acciones con argumentos de seguridad nacional, estabilidad económica o beneficio personal, pero en realidad están perpetuando la violencia y la opresión. Otro factor a considerar es la dinámica de poder en el ámbito político. Aquellos que se encuentran en una posición de poder, ya sea por su fuerza física, su estatus social o su autoridad, a menudo buscan mantener ese poder a expensas de los más débiles. La violencia se convierte en una herramienta para ejercer control y someter a aquellos que son considerados inferiores.

Finalizando con esta sinfonía de reflexiones de la presente entrega, no podemos pasar por alto la influencia de la conformidad social. En ocasiones, la violencia dirigida hacia los más vulnerables surge como un producto de la presión social que dicta seguir las normas y valores establecidos. Cuando la violencia es tolerada y justificada por la sociedad en su conjunto, aquellos considerados débiles se tornan blancos fáciles para la agresión. Desde la perspectiva del “hombre gris” de Primo Levi, hallamos elementos que nos permiten explorar, desde las dinámicas de poder, cómo incluso aquellos aparentemente débiles pueden convertirse en perpetradores de violencia.

En este viaje introspectivo y en la paleta de pensamientos que compartimos, se revela la importancia de la reflexión filosófica como guía, la necesidad de cuestionar lo evidente y de construir y compartir mínimos éticos. Estos mínimos éticos no solo nos ofrecen un andamiaje moral sólido, sino que también se erigen como cimientos para una coexistencia más armoniosa. En la búsqueda de una mejor sociedad, la reflexión filosófica se convierte en el catalizador que nos impulsa a mirar más allá de las superficies, a comprender las complejidades de la condición humana y a construir un tejido ético que nos una en nuestra diversidad. Así, al construir y compartir estos mínimos éticos, estamos tejiendo el tapiz de una sociedad más compasiva, más justa, más humana y sobre todo; menos violenta.

Diario El Día - 16/12/2023

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Sobre la violencia (IV): La mirada de Slavoj Zizek


“Hay una vieja historia acerca de un trabajador sospechoso de robar en el trabajo: cada tarde, cuando abandona la fábrica, los vigilantes inspeccionan cuidadosamente la carretilla que empuja, pero nunca encuentran nada. Finalmente, se descubre el pastel: ¡lo que el trabajador está robando son las carretillas!”

Slavoj Zizek es un filósofo esloveno, nacido el 21 de marzo de 1949 en Liubliana, Eslovenia. Se ha destacado como una figura influyente en el campo de la filosofía contemporánea y es conocido por su estilo provocador y su enfoque interdisciplinario en temas que abarcan desde la teoría política y social hasta el cine y la cultura popular.

Su trabajo se caracteriza por un enfoque en el psicoanálisis, especialmente en la teoría de Jacques Lacan, y una perspectiva marxista crítica. Zizek se ha destacado por su capacidad para analizar y criticar los fenómenos contemporáneos, desde la globalización hasta la cultura popular, utilizando una mezcla de filosofía, psicoanálisis y crítica cultural. Su obra ha influido en áreas que van desde la filosofía política hasta los estudios culturales y el cine.

En “Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales” (2008) el autor argumenta que la violencia es inherente a la condición humana y que se manifiesta de diferentes formas en la sociedad. Sostiene que la violencia hacia los más débiles puede ser una forma de mantener el orden establecido, reforzando las estructuras de poder existentes. Además, plantea que la violencia puede surgir como respuesta a la opresión y la injusticia, aunque esto no justifica su uso.

En la frase mencionada al inicio de esta entrega, se presenta una historia aparentemente simple pero con una carga profunda de significación a efectos de la temática que nos convoca. Este relato del trabajador sospechoso de robar en el trabajo, pero que en realidad, está robando las carretillas, nos invita a reflexionar sobre la relación entre apariencia y realidad, y cómo esto puede relacionarse con la violencia. Los vigilantes de la fábrica sospechan del trabajador y buscan encontrar pruebas de su supuesto robo, pero nunca encuentran nada en la carretilla que empuja. Sin embargo, al final se revela que lo que realmente está robando son las carretillas mismas. Esta ironía nos lleva a cuestionar la forma en que percibimos y juzgamos las situaciones basándonos en apariencias superficiales.

Para Zizek, este fenómeno de juzgar y actuar en función de las apariencias puede estar relacionado con la violencia de diversas maneras. En primer lugar, podemos interpretarlo desde cómo puede llevar a la violencia física o psicológica hacia aquellos que son estigmatizados o juzgados injustamente debido a su apariencia. En el caso de la historia a la que hacemos alusión, el trabajador es sospechoso de robar simplemente por su apariencia o comportamiento, lo cual puede generar una reacción violenta por parte de los vigilantes.

Desde otra perspectiva, la historia también puede ser interpretada en términos más amplios, abarcando dos conceptos en los que profundizaremos: la violencia estructural y sistémica. En este sentido, la historia nos muestra cómo las estructuras de poder pueden perpetuar la violencia de manera encubierta. Los vigilantes, que representan la autoridad en el lugar de trabajo, están más preocupados por encontrar pruebas de robo en la carretilla que por cuestionar el sistema que permite el robo de carretillas en primer lugar.

En los dos primeros capítulos de “Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales”, en su característico análisis crítico y provocador, el autor nos adentra en la figura del tirano y desentraña los mecanismos que sostienen su poder. El tirano, como señala Zizek, no se limita a ejercer la violencia de manera directa y física; también utiliza la violencia simbólica como una herramienta de control y dominación.

La violencia simbólica, en este contexto, es la que opera en un nivel más profundo, influyendo en la percepción y la psicología de la población. Se manifiesta a través de la manipulación de la información, la propaganda, y la creación de un culto a la personalidad en torno al tirano. El control de la narrativa y la imposición de una versión específica de la realidad son herramientas esenciales para los fines del tirano. En este sentido, la población se ve sometida a una versión distorsionada de la verdad, donde el tirano se presenta como un líder legítimo y benévolo, mientras que quienes piensan diferente son aplastados y estigmatizados.

Desde esta perspectiva, tenemos un abordaje de la violencia en la sociedad contemporánea y cómo se ha convertido en una forma de comunicación y expresión. Zizek argumenta que la violencia se ha vuelto omnipresente en nuestra cultura, desde la violencia física y política hasta la violencia mediática y simbólica. La violencia se ha normalizado y se utiliza como una forma de llamar la atención y generar impacto. Zizek también examina cómo la violencia puede ser una respuesta a la opresión y la injusticia, y cómo puede ser utilizada como una forma de resistencia. Sin embargo, advierte sobre los peligros de la violencia desenfrenada, lo que nos lleva a la necesidad como humanidad, de encontrar formas alternativas de lucha y transformación social.

En un análisis de mayor profundidad, Zizek aborda la noción de “lo objetivo”, refiriéndose a las condiciones y circunstancias materiales que existen en el mundo. Estas condiciones objetivas pueden ser políticas, económicas, sociales o culturales, y tienen un impacto significativo en nuestra forma de vida, por lo que argumenta que no podemos ignorar ni subestimar la importancia de lo objetivo, ya que moldea nuestras posibilidades y limitaciones individuales y colectivas.

Examina también, cómo las estructuras y sistemas de gobierno influyen en lo objetivo y en nuestra forma de vida. El gobierno, como una entidad que ejerce poder y control sobre la sociedad, tiene la capacidad de afectar y dar forma a nuestras condiciones objetivas señaladas en el párrafo anterior. Zizek plantea la pregunta de si el gobierno está realmente trabajando en beneficio del bienestar y la justicia social, o si está perpetuando formas de poder y violencia.

Por otro lado, sostiene que nuestro deseo individual y colectivo juega un papel fundamental en la configuración de lo objetivo y en la forma en que interactuamos con el gobierno y el lazo social. Nuestros deseos son impulsos y motivaciones que nos llevan a buscar ciertos objetivos y a tomar acciones específicas. Sin embargo, advierte que nuestros deseos pueden ser manipulados y controlados por fuerzas externas, como el gobierno o los medios de comunicación. Esto puede llevar a una alienación de nuestro auténtico deseo y a la perpetuación de estructuras de poder.

Finalmente, Zizek explora el lazo social como un vínculo que une a las personas en una sociedad. El lazo social implica una red de relaciones y conexiones que nos permiten interactuar y cooperar unos con otros. Sin embargo, plantea la pregunta de si el lazo social actual está basado en la solidaridad y el respeto mutuo, o si está contaminado por formas de violencia y explotación. Además, argumenta que el lazo social puede ser frágil y estar amenazado por la manipulación y la división.

Lo anteriormente señalado puede ser relacionado con la película “Crash” (2004) dirigida por Paul Haggis. En la misma se nos presenta una historia entrelazada de diversos personajes que viven en Los Ángeles y que experimentan diferentes formas de violencia y discriminación racial. Podemos observar en la película como la violencia se presenta en diferentes formas, desde confrontaciones físicas hasta actitudes discriminatorias y prejuicios arraigados. Muestra cómo estos actos de violencia se entrelazan y afectan las vidas de los personajes.




Otro aspecto que podemos relacionar entre el planteo de Zizek y la película tiene que ver con el poder y la influencia del gobierno y las instituciones en la perpetuación de la violencia. Zizek plantea preguntas sobre la efectividad y la legitimidad del gobierno en la promoción de la justicia social y el bienestar. En “Crash”, vemos cómo la violencia y la discriminación están arraigadas en las estructuras institucionales y cómo el gobierno y las fuerzas de seguridad pueden perpetuar estas injusticias. Vemos además, cómo los deseos y las necesidades de los personajes pueden llevar a conflictos y a actos violentos. La película muestra cómo los prejuicios y los estereotipos pueden influir en los deseos y en las acciones de las personas, exacerbando así la violencia y la discriminación.

También podemos observar en la película, cómo los personajes se encuentran conectados e interrelacionados a través de encuentros violentos y conflictos raciales, lo que pone a prueba el lazo social y la posibilidad de una convivencia armoniosa. Un ejemplo ilustrativo de esta dinámica en la obra se presenta cuando uno de los personajes principales se ve involucrado en un accidente de tráfico y queda atrapado en su automóvil. En este momento de extrema vulnerabilidad, la supervivencia de este personaje depende de la asistencia de un policía. Lo interesante y revelador es que este mismo policía, en un episodio anterior de la trama, había abusado de su autoridad y poder al realizar una revisión de rutina mientras la protagonista viajaba con su esposo.

Este giro en la historia destaca la complejidad de las relaciones de poder y cómo pueden influir en la vida de las personas. La misma figura de autoridad que anteriormente había abusado de su posición se convierte ahora en un factor crucial para la supervivencia del personaje atrapado en el automóvil. Esta situación pone de manifiesto cómo el poder y la vulnerabilidad pueden entrelazarse de manera inesperada en la trama, generando una tensión moral y ética que invita a la reflexión sobre las dinámicas de poder en la sociedad.

Volviendo a Zizek, la distinción entre violencia objetiva y violencia subjetiva arroja luz sobre las diferentes facetas de la violencia en nuestra sociedad. La violencia objetiva se relaciona con las consecuencias de las relaciones de poder, la estructura sociopolítica y económica, y el lenguaje que moldea nuestra realidad. Se encuentra incrustada en las bases de la estructura lingüística y en las categorías de exclusión que afectan a individuos en función de su género, orientación sexual, situación socioeconómica y otras variables.

Un ejemplo de violencia objetiva se puede observar en la configuración del mercado laboral, que, por su propia naturaleza, tiende a excluir a las mujeres de ciertas oportunidades y roles. Esta es una manifestación concreta de cómo la violencia objetiva está arraigada en las estructuras y sistemas que dan forma a nuestra vida cotidiana.

Por otro lado, la violencia subjetiva se refiere a actos específicos y directos que causan daño a individuos, como en el caso de una violencia sexual. A diferencia de la violencia objetiva, que es más sistémica y generalizada, la violencia subjetiva implica un acto particular y concreto de agresión que vulnera la integridad y dignidad de una persona. Es entonces, que la violencia subjetiva es apenas una ínfima parte de la violencia que es exteriorizada, que podemos ver, pero que esconde realmente una violencia detrás que es objetiva y de mayor trascendencia.

Volvamos a la película. En una de las escenas de “Crash”, la protagonista Jean Cabot interpretada por Sandra Bullock tiene lugar el siguiente diálogo: – Creí que hoy despertaría y que me sentiría mejor. Pero aún estaba enfadada y me di cuenta de que no tiene que ver con el robo del auto. Despierto así cada mañana. Estoy enfadada todo el tiempo y no sé por qué…

Como señalamos anteriormente, Zizek argumenta que la violencia no se limita a los actos físicos evidentes, sino que también puede manifestarse en formas más sutiles y simbólicas. En el extracto de la película, el personaje siente una ira constante, pero no puede identificar su origen. Esto podemos interpretarlo como una forma de violencia interna, una manifestación del malestar que se encuentra arraigado en la sociedad. En el contexto de la película, el personaje no comprende por qué se siente enfadado/a todo el tiempo, lo que sugiere una desconexión entre sus verdaderos deseos y las influencias que los moldean. Esta desconexión puede ser resultado de la manipulación de sus deseos por parte de estas fuerzas externas, lo que contribuye a su constante enojo. Jean Cabot expresa su incomodidad y enojo, lo cual indica una falta de conexión y armonía en sus relaciones con los demás. Esta falta de conexión puede ser un síntoma de un lazo social frágil, contaminado por formas de violencia y alienación.

Finalizando y tratando de llegar a una respuesta a la pregunta convocante desde la mirada de Zizek: ¿Por qué existe la tendencia de volcar la violencia hacia el más débil?; podemos decir que su reflexión filosófica nos ofrece una perspicaz mirada sobre las razones subyacentes por las cuales la violencia tiende a depositarse sobre aquellos que son percibidos como más débiles. Su enfoque, como vimos, abarca tanto las manifestaciones físicas de violencia como las formas más sutiles y simbólicas arraigadas en la sociedad.

Un punto fundamental que Zizek destaca es la dinámica de poder y dominación. La violencia se convierte en un medio para mantener y reforzar las posiciones privilegiadas de aquellos que ostentan el poder. Esto se refleja en las desigualdades socioeconómicas, las discriminaciones basadas en raza o género, y las relaciones de opresión. La agresión hacia los más débiles se convierte en un instrumento para preservar el status quo y consolidar así el control. Asimismo, nos lleva a considerar cómo la violencia puede ser una válvula de escape para la frustración y la ansiedad. En lugar de afrontar los problemas genuinos, algunas personas desvían su ira hacia aquellos que son percibidos como vulnerables. Este mecanismo les permite desplazar sus propias tensiones internas y proyectarlas sobre otros.

Otro aspecto relevante es la influencia de las estructuras sociales y culturales en la perpetuación de la violencia. Las normas y valores sociales pueden servir para justificar y normalizar la violencia, especialmente cuando se dirige hacia individuos considerados diferentes o marginados. Estas estructuras sociales contribuyen a la legitimación de la violencia, creando un ciclo que puede ser difícil de romper.

Diario El Día - 23/12/2023





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