Hablar de la muerte es, quizás, el más humano de los actos filosóficos. No hay certeza más ineludible, ni enigma más profundo. Nacemos con ella como sombra. Nos acompaña, muda y paciente, en cada gesto. La evitamos en el lenguaje, en las costumbres, en los rituales de lo cotidiano. Pero en el fondo, todo pensamiento serio, toda filosofía honesta, es un rodeo o una aproximación a la muerte.

Este ciclo de columnas no pretende dar respuestas definitivas. No las hay. Lo que intenta es abrir preguntas, desnudar prejuicios, cruzar culturas y creencias, y, sobre todo, pensar. Pensar la muerte como espejo de la vida. Pensar el dolor, el duelo, el suicidio, el temor, el cuerpo que cesa, la nada que asoma. Pensar a partir del otro que muere, de la despedida que nos desarma, de la promesa del más allá o del silencio absoluto.

Desde Sócrates hasta los transhumanistas, desde los templos de Oriente hasta los cementerios de Occidente, la muerte ha sido una frontera para la razón y una posibilidad para el sentido. Tal vez al pensarla, nos pensemos. Tal vez al rozar el abismo, se encienda una chispa de verdad.

Aquí comienzan estas preguntas, estas columnas, este viaje hacia el límite. Porque solo cuando miramos la muerte sin temblor, empezamos a comprender lo que significa estar vivos.





























 



¿Qué significa ser padre en un mundo que cambia más rápido que nuestras certezas? ¿Qué lugar ocupa el padre cuando las nociones de deber, amor y poder se replantean a cada instante? ¿Puede la paternidad seguir siendo un acto de sentido en medio del ruido, la urgencia y la incertidumbre?

Estas columnas nacen de una necesidad profundamente personal y, al mismo tiempo, universal: pensar la paternidad no solo como un hecho biológico o social, sino como una experiencia filosófica. Ser padre no es solo cuidar o educar: es habitar una pregunta. Es enfrentarse a la vulnerabilidad del amor incondicional, al dilema entre guiar y permitir, a la responsabilidad de dejar huella sin borrar el camino del otro.

A lo largo de esta serie, exploro tensiones, me hago preguntas incómodas, y ensayaré respuestas siempre provisorias. Porque la paternidad, como toda forma de amor verdadero, no se responde: se vive, se piensa, se transforma.

Ojalá estas palabras inviten a detenerse, a mirar con otros ojos ese vínculo tan frágil como poderoso. Y quizás, también, a recordar que nadie llega sabiendo ser padre… pero que en el intento, algo de nosotros puede llegar a trascender.





































 

Vivimos tiempos en los que la corrupción, más que un delito, se ha convertido en un síntoma de un mal profundo desde la erosión de los principios que deberían sostener la vida en común. Este ciclo de columnas propone un viaje a través de la historia del pensamiento para dialogar con grandes filósofos y filósofas sobre este fenómeno que traspasa gobiernos, culturas y épocas.

Desde la República ideal de Platón hasta la banalidad del mal en Hannah Arendt, pasando por la teoría de la división de poderes de Montesquieu, el contrato social de Rousseau, el imperativo categórico de Kant o la crítica marxista al poder económico, esta serie explora cómo cada pensador abordó, directa o indirectamente, las raíces y consecuencias de la corrupción.

Más que buscar definiciones jurídicas, este espacio propone interrogarnos filosóficamente: ¿Por qué corrompemos? ¿Qué condiciones hacen posible la corrupción? ¿Es la corrupción una falla individual o un síntoma sistémico? ¿Qué papel juega la ética, la ley y el poder en su proliferación?

Invito al lector a sumergirse en estos diálogos atemporales, donde la filosofía no da respuestas simples, pero sí nos obliga a pensar más allá de lo inmediato, con la esperanza de comprender —y quizás transformar— el presente. Porque la corrupción no nace en los bolsillos, sino en las ideas que dejamos de cuestionar.