Un país puede dividirse en cifras. Una de ellas, repetida y polémica, es la del 1% más rico. Ese pequeño grupo concentra casi el 40% del patrimonio nacional, viaja en un mundo aparte y mantiene vínculos fluidos con el poder político. ¿Qué significa eso para la democracia? ¿Es justo que exista esa distancia entre “los de arriba” y el resto?

Este debate volvió al centro de la escena con la propuesta de gravar al 1%. Pero más allá de la coyuntura, las preguntas son más hondas: ¿qué entendemos por justicia social? ¿Dónde termina el mérito y dónde empieza el privilegio?

Con esas dudas nació esta serie de cuatro artículos que invitan a mirar al 1% desde distintos ángulos: los datos, la filosofía política, las teorías de la justicia y, finalmente, una reflexión sobre la democracia uruguaya.

No hay respuestas cerradas. Solo un intento de abrir la discusión. Porque hablar del 1% es hablar, en el fondo, de lo que queremos ser como país.

















Vivimos tiempos donde la opinión reemplaza al pensamiento, la urgencia al juicio, y la consigna a la idea. En medio del ruido, estas notas no buscan gritar más fuerte, sino pensar más hondo.

Notas desde la caverna es el espacio para lo intempestivo: allí donde lo político y lo filosófico se entrelazan fuera del molde, lejos del algoritmo, cerca del temblor. Son escritos que emergen desde las sombras de una realidad que muchas veces nos es impuesta como única, como innegociable, como verdad revelada.

Pero como en el viejo mito de Platón, en la caverna no sólo hay engaño. También hay resistencia. También hay preguntas. También hay cuerpos que, aun encadenados, sueñan con otra luz.

Aquí van esas notas: fragmentarias, urgentes, incómodas. Escritas al calor del presente, pero con la sospecha de que todo presente es un síntoma.

Y todo síntoma, un llamado a pensar.

























                          










 


Hablar de la muerte es, quizás, el más humano de los actos filosóficos. No hay certeza más ineludible, ni enigma más profundo. Nacemos con ella como sombra. Nos acompaña, muda y paciente, en cada gesto. La evitamos en el lenguaje, en las costumbres, en los rituales de lo cotidiano. Pero en el fondo, todo pensamiento serio, toda filosofía honesta, es un rodeo o una aproximación a la muerte.

Este ciclo de columnas no pretende dar respuestas definitivas. No las hay. Lo que intenta es abrir preguntas, desnudar prejuicios, cruzar culturas y creencias, y, sobre todo, pensar. Pensar la muerte como espejo de la vida. Pensar el dolor, el duelo, el suicidio, el temor, el cuerpo que cesa, la nada que asoma. Pensar a partir del otro que muere, de la despedida que nos desarma, de la promesa del más allá o del silencio absoluto.

Desde Sócrates hasta los transhumanistas, desde los templos de Oriente hasta los cementerios de Occidente, la muerte ha sido una frontera para la razón y una posibilidad para el sentido. Tal vez al pensarla, nos pensemos. Tal vez al rozar el abismo, se encienda una chispa de verdad.

Aquí comienzan estas preguntas, estas columnas, este viaje hacia el límite. Porque solo cuando miramos la muerte sin temblor, empezamos a comprender lo que significa estar vivos.





























 



¿Qué significa ser padre en un mundo que cambia más rápido que nuestras certezas? ¿Qué lugar ocupa el padre cuando las nociones de deber, amor y poder se replantean a cada instante? ¿Puede la paternidad seguir siendo un acto de sentido en medio del ruido, la urgencia y la incertidumbre?

Estas columnas nacen de una necesidad profundamente personal y, al mismo tiempo, universal: pensar la paternidad no solo como un hecho biológico o social, sino como una experiencia filosófica. Ser padre no es solo cuidar o educar: es habitar una pregunta. Es enfrentarse a la vulnerabilidad del amor incondicional, al dilema entre guiar y permitir, a la responsabilidad de dejar huella sin borrar el camino del otro.

A lo largo de esta serie, exploro tensiones, me hago preguntas incómodas, y ensayaré respuestas siempre provisorias. Porque la paternidad, como toda forma de amor verdadero, no se responde: se vive, se piensa, se transforma.

Ojalá estas palabras inviten a detenerse, a mirar con otros ojos ese vínculo tan frágil como poderoso. Y quizás, también, a recordar que nadie llega sabiendo ser padre… pero que en el intento, algo de nosotros puede llegar a trascender.